día #23: la abuela

Era Madrid. Era marzo. La flor del almendro asomaba por lo alto del claustro anunciando la llegada de la primavera. En la habitación número 4 se encuentra la abuela María, internada desde hace ya una semana en el sanatorio de San Francisco, mientras su nieta, también María, le agarra con fuerza la mano derecha.

‘Prométeme hija mía, mi única nieta, que harás aquello de lo que yo no fui capaz: tener una vida larga y feliz‘. Era 1920 y los últimos coletazos de la gripe española se llevaban por delante a una abuela que no había cumplido los sesenta.

De nuevo Madrid. Se estrena el mes de abril. La flor del almendro comienza a marchitarse pero un rayo de sol entre nubes aún le arranca un poso de belleza que la abuela María agradece desde su cama en el Sanatorio. El aire templado de la primavera llega hasta el umbral de la habitación número 4 pero no pasa de ahí. Y a duras penas entra en los pulmones de María. La abuela sabe que le queda poco y lamenta no tener a su lado a sus preciosos siete nietos, a los que quiere más que a la vida. Pero ellos se encuentran muy lejos; justo al otro lado de la cuarentena.

La enfermera sonríe a María con la mirada e intenta aliviar su agonía con palabras tiernas y otra dosis de morfina. La abuela cierra los ojos y, de pronto, se siente mejor. Acaba de recordar la promesa que hace justo cien años y un día le arrancó su propia abuela en esa misma habitación. Y la ha cumplido.

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